67 años en el mismo despacho de abogados, un apartamento de renta controlada y el metro cada día. Cuando murió, su sobrina abrió los papeles: más de 9 millones de dólares. Nadie lo sabía.
Sylvia Bloom nació en Brooklyn, Nueva York, hacia 1919, hija de inmigrantes de Europa del Este. Creció durante la Gran Depresión, la crisis que dejó sin trabajo a uno de cada cuatro estadounidenses, y esa infancia explica bastante de lo que vino después.
Trabajaba de día y estudiaba de noche. Así se sacó el título en Hunter College, la universidad pública de la ciudad de Nueva York, a la que años más tarde devolvería una parte de su fortuna.
En febrero de 1947 entró como secretaria en un bufete de abogados de Manhattan que acababa de fundarse: Cleary, Gottlieb, Friendly & Cox, hoy Cleary Gottlieb Steen & Hamilton, uno de los grandes despachos del mundo. Fue la empleada número tres. Trabajó como secretaria de uno de los socios fundadores, Fowler Hamilton.
Y ahí se quedó. Sesenta y siete años en el mismo sitio. Se retiró a los 96 años, cuando el despacho tenía ya oficinas en medio mundo, y ella seguía yendo cada día en metro.
«¿Por qué? ¿Dónde debería estar?» Respuesta de Sylvia, con 96 años, a un directivo del despacho que la encontró en la oficina en plena tormenta de nieve y le preguntó qué hacía allí.
Se casó con Raymond Margolies, bombero de Nueva York, que después de dejar el cuerpo trabajó como maestro y como farmacéutico. No tuvieron hijos. Ella conservó su apellido de soltera, algo poco habitual en su generación. Él murió en 2002.
Vivieron siempre en un apartamento de alquiler con renta controlada en Brooklyn. Sin carro. Sin casa de vacaciones. Sylvia iba al trabajo en metro, con nieve o sin ella, hasta el día en que se retiró. Un compañero del despacho lo resumió así a la prensa: «Podría haber vivido en Park Avenue si hubiera querido».
Y aquí conviene no equivocarse: no era una tacaña ni una mujer que se privó de vivir. Le gustaba su trabajo, viajaba con su marido y disfrutaba de la ciudad. Simplemente no gastaba en lo que no le importaba.
Sylvia no ganaba como sus jefes. Ganaba un sueldo de secretaria. Pero su trabajo, en aquella época, incluía gestionar la vida de sus jefes… también sus inversiones personales.
«Era secretaria en una época en la que las secretarias llevaban la vida de sus jefes, incluidas sus inversiones personales.» Jane Lockshin, su sobrina y albacea, a The New York Times (mayo de 2018).
Así que cada vez que un abogado le mandaba comprar acciones de una empresa, ella tomaba nota y compraba las mismas acciones para sí misma, en una cantidad mucho más pequeña, con lo que le sobraba del sueldo. Ellos, miles de dólares. Ella, unos pocos.
Y luego hacía lo más difícil: no las vendía. Durante décadas. Repartió su dinero entre tres casas de bolsa y once bancos, y dejó que el tiempo hiciera el trabajo. No hubo golpe de suerte, ni herencia, ni negocio. Hubo un sueldo normal, una diferencia que sobraba cada mes y sesenta años de paciencia.
No ganaba como sus jefes. Hacía lo mismo que sus jefes.
Gastar menos de lo que ganaba, invertir la diferencia y esperar. Con un sueldo de secretaria.
Sylvia Bloom murió en 2016, a los 96 años, pocos meses después de retirarse. Nadie de su familia sabía cuánto dinero tenía. Fue su sobrina, Jane Lockshin, la encargada de gestionar la herencia, quien fue sumando cuentas y descubrió la cifra: más de 9 millones de dólares.
Sylvia había dejado instrucciones claras. La mayor parte, 6,24 millones, fue para Henry Street Settlement, una organización social del Lower East Side de Manhattan fundada en 1893, que la destinó a un fondo de becas y a un programa que ayuda a estudiantes sin recursos a llegar a la universidad y terminarla. Es la mayor donación de un particular en toda la historia de la entidad. «Estamos hablando de docenas de becas cada año, para siempre», dijo su director.
Los otros 2 millones se repartieron entre Hunter College, la universidad pública donde ella estudió de noche, y otro fondo de becas.
La historia la contó The New York Times en mayo de 2018 y dio la vuelta al mundo. En la mayoría de titulares se quedaron con la cifra. A nosotros nos interesa más lo otro: una mujer con un sueldo normal, en una ciudad carísima, que durante sesenta años hizo lo que hacían los ricos a su alrededor… y a la que el dinero nunca le faltó. Simplemente, nadie lo veía.
Sylvia no tenía un secreto. Tenía una costumbre. Fíjate en la gente que más gana a tu alrededor: ¿qué hacen con su dinero? Y luego mira lo que haces tú con el tuyo. Casi siempre la diferencia no está en cuánto entra, sino en cuánto se queda… y durante cuánto tiempo.
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Sylvia Bloom es el Short número 10 del canal, en la serie «Ricos que gastan poco», con Warren Buffett, Carlos Slim y Ronald Read.
Ver el ShortEsto es educación financiera contada con una historia real, no asesoramiento. Aquí no se recomienda ninguna acción, bróker, banco ni producto: cada persona decide con su situación. Copiar las inversiones de alguien no garantiza nada; lo que sí es universal es gastar menos de lo que se gana.